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Eres una de las personas a la que más oportunidades le he dado en mi vida. Más de las que probablemente merecías y, desde luego, más de las que me he dado a mí mismo.
Te di lo que tenía. Te puse por delante de mí, confié en ti incluso cuando me dabas motivos para no hacerlo y te prometí que siempre iba a estar ahí. Pero me rompiste.
Y lo peor es que no fue de un día para otro. Fueron tus faltas de respeto, tus medias verdades, tus mentiras y todas esas cosas que fui perdonando mientras, poco a poco, conseguías destruir algo dentro de mí.
Ya no puedo ser contigo la persona que fui, no puedo ser fiel. No porque no quiera, sino porque ya no me quedan fuerzas para seguir. Tú te encargaste de romperlo todo poco a poco.
Yo me quedaré con todo el dolor de lo que pasó, con todo lo que di y con todo lo que perdí intentando que funcionara. Y eso es lo que más injusto me parece.
Aun así, hay algo que no ha cambiado: no puedo dejar de sentir lo que siento por ti simplemente porque me hayas hecho daño. Ojalá pudiera. Ojalá pudiera apagar todo esto de la misma manera que tú parece que puedes apagarlo y seguir adelante.
La promesa que te hice sigue en pie.
Si algún día me llamas porque me necesitas, voy a estar. Si estás mal, si necesitas ayuda o si simplemente necesitas que alguien esté ahí, dejaría lo que estuviera haciendo para ayudarte.
No porque hayas hecho las cosas bien.
No porque no me hayas hecho daño.
Y mucho menos porque haya olvidado lo que pasó.
Lo haría porque, a pesar de todo, sigo siendo la persona que te prometió que estaría ahí.
Y quizá ese sea mi mayor problema: que incluso después de todo lo que me has hecho, todavía me importas lo suficiente como para no dejarte solo cuando más me necesites.
Tenlo presente.
























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