Un rayo de esperanza
A veces uno llega con el corazón limpio, con la paciencia que nadie tuvo con esa persona, con ese cuidado que damos quienes hemos aprendido a amar a golpes, y crees que tu amor puede enseñar lo que la vida nunca le ha enseñado. Aprendí a dar amor después de haberme roto muchas veces.
Llegas pensando que, quizá, esta vez será diferente. Que todo lo que has aprendido a base de golpes puede servir para querer a alguien de una manera bonita. Que, si das suficiente amor, suficiente cariño, suficiente paciencia, quizá puedas enseñarle a alguien que no todo el mundo viene a hacer daño.
Te entregas sin medir cuánto das. Como quien pone su tesoro más preciado en las manos de otra persona y confía en que lo va a cuidar. Sin miedo, sin condiciones, sin guardarte nada.
Y durante un tiempo te convences de que va a funcionar. De que esta vez sí. De que quizá, después de tanto buscar, por fin encontraste a alguien que sabe quedarse, alguien que sabe cuidar lo que tiene delante, alguien que entiende todo lo que estás intentando darle.
Pero hay personas que nunca aprendieron a recibir amor.
Personas que confunden amor con dependencia, cuidado con control, lealtad con obligación.
Gente que rompe lo que le das porque jamás ha sabido lo que significa tenerlo.
Y ahí es donde entiendes que no era falta de amor, sino falta de capacidad. No pudiste sostener lo que te estaba ofreciendo porque sigues intentando sostenerte a ti mismo con mentiras, exageraciones y medias verdades.
Y no te puedo culpar, pero tampoco puedo culparme a mí.
Creo que te ofrecí luz en un lugar donde no entraba el sol, pero tú decidiste cerrar la ventana. Y yo no puedo quedarme sentado en tu oscuridad.
Solo me queda aceptar que hice todo lo que pude con el amor que tenía. Que te di partes de mí que probablemente nunca volveré a darle a nadie de la misma manera. Que estuve, que esperé, que entendí más de lo que debía y perdoné más de lo que mi corazón podía soportar.
Y si algún día, cuando haya pasado el tiempo, recuerdas todo lo que llegué a ofrecerte sin pedirte nada a cambio, espero que no me recuerdes por el dolor que terminó quedando entre nosotros.
Recuérdame por las veces que te hice sentir querido. Por las veces que me quedé. Por las veces que elegí entenderte cuando habría sido mucho más fácil marcharme. Recuérdame como alguien que, aunque no supo salvarte, sí quiso hacerlo con todo su corazón.
Y si algún día vuelves, pica a la puerta. No sé si seguiré detrás de ella. No sé si todavía tendré fuerzas para abrirla. Pero, sinceramente, una pequeña parte de mí siempre va a querer escuchar esos tres golpes. Porque, aunque aprenda a vivir sin ti, quizá nunca aprenda del todo a dejar de quererte.
























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