Decir Adiós
Te quiero con un amor que no busca recompensa. Nunca la he
buscado; nuestra amistad era, para mí, más que suficiente. Pero la verdad es
que lo que siento hoy me pesa como nunca imaginé.
Es infinitamente doloroso sentir todo este cariño por ti y
saber que, del otro lado, solo recibo odio y rechazo. Que la persona a la que
amo me mire con desprecio es un castigo que me rompe por dentro.
Sé que esperas de mí una disculpa, pero no puedo dártela. No
puedo pedirte perdón porque no fui yo quien construyó el engaño; fuiste tú
quien eligió la mentira.
Romper la burbuja de la complicidad diciendo la verdad no es
una traición ni un motivo para disculparme. En el fondo, sé que no tengo la
culpa de tu enojo.
Racionalmente, sé que hice lo correcto, que no podía ser
cómplice ni sostener tu falsedad. Pero la razón no consuela al corazón. Aunque
sé que actué como debía, cargo con una culpa aplastante, porque el peso de
haberte hecho daño —incluso diciendo la verdad— es un dolor que, sencillamente,
me cuesta mucho soportar.
Preferiría mil veces romperme yo antes que verte herido por
mi culpa, pero no me quedó otra opción.
Te sigo queriendo en silencio, aceptando tu odio, aun sabiendo que el precio de mi honestidad fue perderte para siempre.
























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