Pero no sé si alguna vez te has parado a pensar que, en todo
esto, la persona a la que más daño he hecho he sido yo mismo.
Desde el mismo momento en que me senté con R. a la mesa,
sabía lo que me iba a preguntar. Lo sabía. Y también sabía que no podía
mentirle. No podía hacerlo. No se merecía que le mintiera ante una acusación
tan grave como la que tú habías vertido sobre él.
Aunque, en realidad, nunca lo acusaste directamente. Tú
simplemente contabas la historia. Tirabas la piedra y escondías la mano.
Dejabas caer las palabras, construías el relato y éramos los demás quienes
teníamos que sacar nuestras propias conclusiones sobre lo que había sucedido.
Y las sacamos.
Yo lo consideré un abuso. A. lo consideró una violación. G.,
un abuso y un abuso de poder… Y hoy sé que X. y otra persona también llegaron a
conclusiones parecidas después de escucharte.
Solo N. sabía la verdad. Lástima que no me hubiera abierto
los ojos antes. Lástima haber creído en ti. Lástima haber confiado en ti.
Lástima haber pensado que todo aquello que me contabas era verdad.
Pero lo que más me cuesta entender es que, tres meses
después de los hechos, siguieras contando exactamente el mismo relato. Tres
meses sin decir la verdad. Tres meses para no reconocer lo que realmente había
ocurrido. Tres meses para detener aquello.
¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no lo paraste?
Cada palabra que le decía a R. me destrozaba por dentro.
Cada frase que terminaba era un golpe más. Yo sabía que estaba diciendo la
verdad. Sabía que era lo que tenía que hacer. Pero también sabía lo que
significaba. Significaba perderte. Significaba que nuestra amistad llegaba a su
fin. Que no volvería a existir. Que cada palabra que pronunciaba me estaba
alejando más y más de ti.
Contar la versión que tú me habías contado era mi sentencia
de muerte. La sentencia de muerte de nuestra amistad. Y aun así lo hice, porque
era lo correcto.
Estuve llorando dos noches. Dos noches sabiendo que te había
perdido. Dos noches sabiendo que te había hecho daño. Dos noches sintiendo que
había destruido algo que era muy importante para mí.
Me sentía culpable. Sentía que te había traicionado. Sentía
que había destruido nuestra amistad con mis propias manos y, además, que te
había dejado a ti en mal lugar. Hacerte daño me consumía por dentro.
Pero ahora ha pasado el tiempo. Y cuando uno mira las cosas
desde la distancia, algunas verdades empiezan a verse de otra manera.
Yo no te traicioné a ti. Tú me traicionaste a mí.
Traicionaste nuestra amistad desde el principio. Has mentido
en tantas ocasiones… Bueno, en tantas de las que te he pillado. Porque estoy
seguro de que ha habido muchas más que simplemente han pasado desapercibidas
para mí.
Y entonces me pregunto:
¿Cómo pudiste mentirme tanto sobre aquella noche? ¿Cómo
pudiste hacerlo precisamente conmigo?
Yo realmente pensaba que confiabas en mí. Y fue precisamente
por lo que me contaste aquella noche que yo confié en ti hasta el punto de
contarte algo que llevaba muchos años guardando. Te conté el abuso sexual que
había habido en mi familia. Eras la primera persona, después de muchos años, a
la que le contaba algo tan íntimo. Algo que me había costado años siquiera
pronunciar en voz alta. Lloré mientras te lo explicaba. Lloré delante de ti. Te
hice partícipe de lo grave que era para mí algo así. Te enseñé una parte de mí
que llevaba años escondida. Y tú seguiste adelante. No cambiaste ni una coma de
tu relato. ¡Ni una! Seguiste contando la misma historia. Una historia llena de
mentiras.
Y no lo digo simplemente porque exista otra versión que
contradiga la tuya. Lo digo porque, como ya ha ocurrido en más de una ocasión,
he visto WhatsApps enviados por ti que contradicen directamente la versión que
tú mismo me habías dado. He visto tus propias palabras desmentir lo que tú
mismo me habías contado. ¡Qué daño!
Y todavía me pregunto cómo puedes ser así. Cómo puedes mirar
a alguien a los ojos, saber lo que le has contado y después cambiar la
historia. Cómo puedes hacerlo después de que esa persona haya confiado en ti. Después
de que te haya contado algo tan íntimo. Después de haberse abierto contigo de
una manera que no había hecho con casi nadie.
Y cuando parecía que todo no podía ir a peor, todavía
conseguiste que fuera peor. Porque no terminó ahí. La historia se ha seguido
tergiversando. Has vuelto a mentir. Has vuelto a añadir mierda por el camino. Y,
lo que es todavía peor, has metido a otras personas para que mientan por ti. G.
incluso nos ha reconocido que ha cambiado su versión únicamente para
protegerte.
Y entonces me hago una pregunta que no consigo quitarme de
la cabeza:
¿Cómo se puede proteger a alguien que transmite acusaciones
tan graves sobre otra persona?
¿Cómo se puede pedir que alguien mienta para proteger una
historia así?
Después de todo lo ocurrido, después de todo lo que yo
llegué a creer, después de todo lo que llegué a sentir por nuestra amistad,
quizá lo único que me queda es aceptar que nunca fue lo que yo pensaba que era.
Yo creía que éramos amigos. Yo confiaba en ti. Te conté
cosas que llevaba años sin contarle a nadie.
Y mientras yo hacía todo eso, tú estabas construyendo una
historia que terminó destrozándonos. Destrozándonos a los dos.
Aunque durante mucho tiempo pensé que el único culpable de
haberlo perdido todo era yo. Ahora ya no. Ahora sé que yo no fui quien empezó a
destruir nuestra amistad.
Yo simplemente fui quien, llegado el momento, decidió decir
la verdad. Y quizá esa sea la parte que más duele. Que para no traicionarte
tuve que traicionar la imagen que tenía de ti. Y cuando finalmente abrí los
ojos, ya no quedaba nada que salvar. Aunque no lo sienta así.
Espero y deseo que, en un futuro, te des cuenta de lo que
realmente has hecho. Que puedas recapacitar. Que puedas mirar atrás y entender
todo el daño que has causado. Quizás algún día puedas mirar todo esto con la
misma distancia con la que yo lo miro ahora. Y quizá entonces entiendas por
qué, aquel día, tuve que decir la verdad.