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miércoles, octubre 14, 2026

Convencerme a mi mismo

Cada vez me resulta más difícil entender todo lo que pasó... lo que has hecho... Cada vez me cuesta más justificarte, porque en el fondo sigo intentando convencerme de que en el fondo sigues siendo esa buena persona que creí conocer.

Durante más de tres meses contaste tu historia, la historia donde dabas a entender que habían abusado de ti. Estuve a tu lado sufriendo en silencio esa versión en la que me dabas a entender que alguien había abusado de ti. ¿Realmente creías que mi pérdida de peso era por un régimen que nunca hice?

Y no solo me lo contaste a mí, no solo era a un par de personas, semana tras semana íbamos sumando nuevos miembros a la lista de personas a las que dabas a entender que él había abusado de ti.

Pero esa historia no era real, era mentira, pura falacia. Tú elegiste libremente estar con esa persona, compartir su ducha, su cama y tener sexo con ella. Y no solo eso, le pediste exclusividad, le pediste que no estuviera más ni con el piloto ni con el joven compañero de trabajo. ¿Por qué? ¿Porque realmente te gustaba?

Pero, claro, toda tu historia se vino abajo cuando yo conté la verdad, cuando la verdad salió a la luz, cuando conté la versión llena de mentiras que tú me habías contado y que tus propios mensajes de WhatsApp demostraron que eran una gran falsedad.

¿Cómo pudiste mantener esa falacia durante más de tres meses? Me rompe por dentro preguntarme cómo pudiste sostener algo así durante tanto tiempo.

¿Y con qué me encuentro hoy? Con una nueva explicación, una nueva narrativa de lo que pasó: «que te dio vergüenza». Y que por eso inventaste esa historia para justificar lo que había ocurrido.

Entiendo perfectamente que, a tus 23 años, la vergüenza o el miedo a equivocarte te superen... pero llegar al extremo de acusar a alguien de algo tan grave y doloroso es algo muy difícil de asimilar. Si tanto miedo o vergüenza sentías, no logro comprender qué necesidad tenías de explicarlo a tanta gente, durante tanto tiempo, para encima sembrar en la gente la semilla de la duda, de la desconfianza, todo sembrado con el relato de mentira.

Y, aun así, cuando todo salió a la luz, preferiste mentir sobre mí, señalarme y acusarme de decir cosas que yo nunca he dicho, mentiste para quedar bien tú y me echaste toda la culpa a mí.

Tienes la inmensa suerte de que mi único límite siempre ha sido no hacerte daño. Por eso he preferido cargar en silencio con la culpa y quedar como el 'malo', antes que usar las pruebas que tengo para defenderme. Nunca he querido perjudicarte, y si lo he hecho ha sido porque no quedaba otra opción.

Sé que me obsesioné contigo, con protegerte, y me dolió hasta lo más profundo de mi alma el golpe de realidad que me diste al decírmelo; hasta ese mismo instante no me había percatado, no era consciente de ello. ¿Pero te has planteado que tú quizás también tienes parte de culpa?

Sé que la responsabilidad de mis actos es mía, pero todo lo que hice nació del deseo genuino de velar por ti. Confié en ti, creí en ti. Te conté una de mis heridas familiares que llevaba años sin revelar a nadie... y ver que usaste esa confianza para dejarme como un trapo me destroza.

Pero lo más triste de todo es que sigo sintiendo un cariño enorme por ti. Mi mente sigue buscando excusas para entenderte, defenderte y no soltarte, porque, como escuché hace poco: «¿Sabes qué es lo bueno de hacerme daño a mí? Que nunca te voy a odiar, que siempre voy a buscar la manera de justificar por qué hiciste lo que hiciste simplemente para no pensar que eres una mala persona».

Te deseo lo mejor, de verdad, de todo corazón. Y espero que todo te vaya genial en esta nueva etapa, me alegro de que el curso de surf fuera tan bien y que te abra las puertas de entrar en ese mundo. Te deseo lo mejor en esta nueva etapa y que en Canarias te vaya todo de lujo.

martes, octubre 06, 2026

Decir Adiós

Te quiero con un amor que no busca recompensa. Nunca la he buscado; nuestra amistad era, para mí, más que suficiente. Pero la verdad es que lo que siento hoy me pesa como nunca imaginé.

Es infinitamente doloroso sentir todo este cariño por ti y saber que, del otro lado, solo recibo odio y rechazo. Que la persona a la que amo me mire con desprecio es un castigo que me rompe por dentro.

Sé que esperas de mí una disculpa, pero no puedo dártela. No puedo pedirte perdón porque no fui yo quien construyó el engaño; fuiste tú quien eligió la mentira.

Romper la burbuja de la complicidad diciendo la verdad no es una traición ni un motivo para disculparme. En el fondo, sé que no tengo la culpa de tu enojo.

Racionalmente, sé que hice lo correcto, que no podía ser cómplice ni sostener tu falsedad. Pero la razón no consuela al corazón. Aunque sé que actué como debía, cargo con una culpa aplastante, porque el peso de haberte hecho daño —incluso diciendo la verdad— es un dolor que, sencillamente, me cuesta mucho soportar.

Preferiría mil veces romperme yo antes que verte herido por mi culpa, pero no me quedó otra opción.

Te sigo queriendo en silencio, aceptando tu odio, aun sabiendo que el precio de mi honestidad fue perderte para siempre.

martes, septiembre 29, 2026

I miss you

No, no estoy bien.

Echo de menos hablar contigo. Echo de menos nuestras conversaciones, esas que podían durar horas en la madrugada y en las que, sin darme cuenta, conseguías hacer que todo pareciera un poco más sencillo. Echo de menos tu voz, esa que tantas veces me hizo sentir acompañado.

Echo de menos tu increíble sonrisa. Esa sonrisa que quizá para ti no tenía nada de especial, pero que para mí podía cambiar por completo un día gris y hacerme sentir recomfortado.

Simplemente te echo mucho de menos.

Y lo peor es que intento seguir adelante, intento ordenar todo lo que tengo dentro, pero parezco un cubo de Rubik: mientras arreglo un lado de mi vida, se desmadra otro. Y cuanto más intento colocar cada pieza en su sitio, más me doy cuenta de que hay algunas que ya nunca volverán a encajar.

Quizá con el tiempo aprenda a vivir con tu ausencia. Quizá llegue un día en el que hablar de ti ya no duela tanto. Pero ahora mismo no puedo fingir que no me importa, porque todavía hay una parte de mí que te busca en las pequeñas cosas, en las canciones, en los silencios y en esos momentos en los que quisiera contarte algo y recuerdo que ya no estás, que ya no puedo contar contigo.

Y al final, quizá lo único que tenías de especial es mi forma de verte. Porque yo te miraba de una manera que convertía tus pequeños detalles en algo enorme. Tal vez no eras perfecto, tal vez no eras esa persona extraordinaria que imaginaba, pero para mí lo fuiste mientras te miré con mi propia mirada.

Y supongo que eso es lo que más duele: darme cuenta de que quizá no echo de menos solamente a quien eras, sino también a quien yo era cuando estaba contigo.

miércoles, septiembre 23, 2026

Quien con niños se acuesta, mojado se levanta.

Soy consciente de que te he hecho daño. Mucho daño, probablemente. Y lo siento. De verdad que lo siento.

Pero no sé si alguna vez te has parado a pensar que, en todo esto, la persona a la que más daño he hecho he sido yo mismo.

Desde el mismo momento en que me senté con R. a la mesa, sabía lo que me iba a preguntar. Lo sabía. Y también sabía que no podía mentirle. No podía hacerlo. No se merecía que le mintiera ante una acusación tan grave como la que tú habías vertido sobre él.

Aunque, en realidad, nunca lo acusaste directamente. Tú simplemente contabas la historia. Tirabas la piedra y escondías la mano. Dejabas caer las palabras, construías el relato y éramos los demás quienes teníamos que sacar nuestras propias conclusiones sobre lo que había sucedido.

Y las sacamos.

Yo lo consideré un abuso. A. lo consideró una violación. G., un abuso y un abuso de poder… Y hoy sé que X. y otra persona también llegaron a conclusiones parecidas después de escucharte.

Solo N. sabía la verdad. Lástima que no me hubiera abierto los ojos antes. Lástima haber creído en ti. Lástima haber confiado en ti. Lástima haber pensado que todo aquello que me contabas era verdad.

Pero lo que más me cuesta entender es que, tres meses después de los hechos, siguieras contando exactamente el mismo relato. Tres meses sin decir la verdad. Tres meses para no reconocer lo que realmente había ocurrido. Tres meses para detener aquello.

¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no lo paraste?

Cada palabra que le decía a R. me destrozaba por dentro. Cada frase que terminaba era un golpe más. Yo sabía que estaba diciendo la verdad. Sabía que era lo que tenía que hacer. Pero también sabía lo que significaba. Significaba perderte. Significaba que nuestra amistad llegaba a su fin. Que no volvería a existir. Que cada palabra que pronunciaba me estaba alejando más y más de ti.

Contar la versión que tú me habías contado era mi sentencia de muerte. La sentencia de muerte de nuestra amistad. Y aun así lo hice, porque era lo correcto.

Estuve llorando dos noches. Dos noches sabiendo que te había perdido. Dos noches sabiendo que te había hecho daño. Dos noches sintiendo que había destruido algo que era muy importante para mí.
Me sentía culpable. Sentía que te había traicionado. Sentía que había destruido nuestra amistad con mis propias manos y, además, que te había dejado a ti en mal lugar. Hacerte daño me consumía por dentro.

Pero ahora ha pasado el tiempo. Y cuando uno mira las cosas desde la distancia, algunas verdades empiezan a verse de otra manera.

Yo no te traicioné a ti. Tú me traicionaste a mí.

Traicionaste nuestra amistad desde el principio. Has mentido en tantas ocasiones… Bueno, en tantas de las que te he pillado. Porque estoy seguro de que ha habido muchas más que simplemente han pasado desapercibidas para mí.

Y entonces me pregunto:

¿Cómo pudiste mentirme tanto sobre aquella noche? ¿Cómo pudiste hacerlo precisamente conmigo?

Yo realmente pensaba que confiabas en mí. Y fue precisamente por lo que me contaste aquella noche que yo confié en ti hasta el punto de contarte algo que llevaba muchos años guardando. Te conté el abuso sexual que había habido en mi familia. Eras la primera persona, después de muchos años, a la que le contaba algo tan íntimo. Algo que me había costado años siquiera pronunciar en voz alta. Lloré mientras te lo explicaba. Lloré delante de ti. Te hice partícipe de lo grave que era para mí algo así. Te enseñé una parte de mí que llevaba años escondida. Y tú seguiste adelante. No cambiaste ni una coma de tu relato. ¡Ni una! Seguiste contando la misma historia. Una historia llena de mentiras.

Y no lo digo simplemente porque exista otra versión que contradiga la tuya. Lo digo porque, como ya ha ocurrido en más de una ocasión, he visto WhatsApps enviados por ti que contradicen directamente la versión que tú mismo me habías dado. He visto tus propias palabras desmentir lo que tú mismo me habías contado. ¡Qué daño!

Y todavía me pregunto cómo puedes ser así. Cómo puedes mirar a alguien a los ojos, saber lo que le has contado y después cambiar la historia. Cómo puedes hacerlo después de que esa persona haya confiado en ti. Después de que te haya contado algo tan íntimo. Después de haberse abierto contigo de una manera que no había hecho con casi nadie.

Y cuando parecía que todo no podía ir a peor, todavía conseguiste que fuera peor. Porque no terminó ahí. La historia se ha seguido tergiversando. Has vuelto a mentir. Has vuelto a añadir mierda por el camino. Y, lo que es todavía peor, has metido a otras personas para que mientan por ti. G. incluso nos ha reconocido que ha cambiado su versión únicamente para protegerte.

Y entonces me hago una pregunta que no consigo quitarme de la cabeza:

¿Cómo se puede proteger a alguien que transmite acusaciones tan graves sobre otra persona?
¿Cómo se puede pedir que alguien mienta para proteger una historia así?

Después de todo lo ocurrido, después de todo lo que yo llegué a creer, después de todo lo que llegué a sentir por nuestra amistad, quizá lo único que me queda es aceptar que nunca fue lo que yo pensaba que era.

Yo creía que éramos amigos. Yo confiaba en ti. Te conté cosas que llevaba años sin contarle a nadie.
Y mientras yo hacía todo eso, tú estabas construyendo una historia que terminó destrozándonos. Destrozándonos a los dos.

Aunque durante mucho tiempo pensé que el único culpable de haberlo perdido todo era yo. Ahora ya no. Ahora sé que yo no fui quien empezó a destruir nuestra amistad.

Yo simplemente fui quien, llegado el momento, decidió decir la verdad. Y quizá esa sea la parte que más duele. Que para no traicionarte tuve que traicionar la imagen que tenía de ti. Y cuando finalmente abrí los ojos, ya no quedaba nada que salvar. Aunque no lo sienta así.

Espero y deseo que, en un futuro, te des cuenta de lo que realmente has hecho. Que puedas recapacitar. Que puedas mirar atrás y entender todo el daño que has causado. Quizás algún día puedas mirar todo esto con la misma distancia con la que yo lo miro ahora. Y quizá entonces entiendas por qué, aquel día, tuve que decir la verdad.

martes, septiembre 22, 2026

Un rayo de esperanza

A veces uno llega con el corazón limpio, con la paciencia que nadie tuvo con esa persona, con ese cuidado que damos quienes hemos aprendido a amar a golpes, y crees que tu amor puede enseñar lo que la vida nunca le ha enseñado. Aprendí a dar amor después de haberme roto muchas veces.

Llegas pensando que, quizá, esta vez será diferente. Que todo lo que has aprendido a base de golpes puede servir para querer a alguien de una manera bonita. Que, si das suficiente amor, suficiente cariño, suficiente paciencia, quizá puedas enseñarle a alguien que no todo el mundo viene a hacer daño.

Te entregas sin medir cuánto das. Como quien pone su tesoro más preciado en las manos de otra persona y confía en que lo va a cuidar. Sin miedo, sin condiciones, sin guardarte nada.

Y durante un tiempo te convences de que va a funcionar. De que esta vez sí. De que quizá, después de tanto buscar, por fin encontraste a alguien que sabe quedarse, alguien que sabe cuidar lo que tiene delante, alguien que entiende todo lo que estás intentando darle.

Pero hay personas que nunca aprendieron a recibir amor.

Personas que confunden amor con dependencia, cuidado con control, lealtad con obligación.

Gente que rompe lo que le das porque jamás ha sabido lo que significa tenerlo.

Y ahí es donde entiendes que no era falta de amor, sino falta de capacidad. No pudiste sostener lo que te estaba ofreciendo porque sigues intentando sostenerte a ti mismo con mentiras, exageraciones y medias verdades.

Y no te puedo culpar, pero tampoco puedo culparme a mí.

Creo que te ofrecí luz en un lugar donde no entraba el sol, pero tú decidiste cerrar la ventana. Y yo no puedo quedarme sentado en tu oscuridad.

Solo me queda aceptar que hice todo lo que pude con el amor que tenía. Que te di partes de mí que probablemente nunca volveré a darle a nadie de la misma manera. Que estuve, que esperé, que entendí más de lo que debía y perdoné más de lo que mi corazón podía soportar.

Y si algún día, cuando haya pasado el tiempo, recuerdas todo lo que llegué a ofrecerte sin pedirte nada a cambio, espero que no me recuerdes por el dolor que terminó quedando entre nosotros.

Recuérdame por las veces que te hice sentir querido. Por las veces que me quedé. Por las veces que elegí entenderte cuando habría sido mucho más fácil marcharme. Recuérdame como alguien que, aunque no supo salvarte, sí quiso hacerlo con todo su corazón.

Y si algún día vuelves, pica a la puerta. No sé si seguiré detrás de ella. No sé si todavía tendré fuerzas para abrirla. Pero, sinceramente, una pequeña parte de mí siempre va a querer escuchar esos tres golpes. Porque, aunque aprenda a vivir sin ti, quizá nunca aprenda del todo a dejar de quererte.

miércoles, septiembre 16, 2026

K^2

Eres una de las personas a la que más oportunidades le he dado en mi vida. Más de las que probablemente merecías y, desde luego, más de las que me he dado a mí mismo.

Te di lo que tenía. Te puse por delante de mí, confié en ti incluso cuando me dabas motivos para no hacerlo y te prometí que siempre iba a estar ahí. Pero me rompiste.

Y lo peor es que no fue de un día para otro. Fueron tus faltas de respeto, tus medias verdades, tus mentiras y todas esas cosas que fui perdonando mientras, poco a poco, conseguías destruir algo dentro de mí.

Ya no puedo ser contigo la persona que fui, no puedo ser fiel. No porque no quiera, sino porque ya no me quedan fuerzas para seguir. Tú te encargaste de romperlo todo poco a poco.

Yo me quedaré con todo el dolor de lo que pasó, con todo lo que di y con todo lo que perdí intentando que funcionara. Y eso es lo que más injusto me parece.

Aun así, hay algo que no ha cambiado: no puedo dejar de sentir lo que siento por ti simplemente porque me hayas hecho daño. Ojalá pudiera. Ojalá pudiera apagar todo esto de la misma manera que tú parece que puedes apagarlo y seguir adelante.

La promesa que te hice sigue en pie.

Si algún día me llamas porque me necesitas, voy a estar. Si estás mal, si necesitas ayuda o si simplemente necesitas que alguien esté ahí, dejaría lo que estuviera haciendo para ayudarte.

No porque hayas hecho las cosas bien.
No porque no me hayas hecho daño.
Y mucho menos porque haya olvidado lo que pasó.

Lo haría porque, a pesar de todo, sigo siendo la persona que te prometió que estaría ahí.

Y quizá ese sea mi mayor problema: que incluso después de todo lo que me has hecho, todavía me importas lo suficiente como para no dejarte solo cuando más me necesites.

Tenlo presente.


lunes, septiembre 14, 2026

¿Sabes qué es lo bueno de hacerme daño a mí?

Estos últimos días estoy muy sensible y me he dado cuenta de que no le guardo rencor ni odio a nadie a quien haya querido o amado, porque siempre intento justificar las cosas que me han hecho esas mismas personas.

¿Sabes qué es lo bueno de hacerme daño a mí?

Que nunca te voy a odiar.

Siempre voy a buscar la manera de justificar por qué hiciste lo que hiciste, para no pensar simplemente que eres una mala persona.

Sería más sencillo simplemente odiar, pero prefiero pensar que hay un motivo detrás de lo que has hecho, de lo que has dicho; una excusa válida para mí que me permita guardar un buen recuerdo de ti como la persona que fuiste para mí, no de la que realmente eres.

Siempre vas a conservar un pequeño rinconcito en el fondo de mi corazón.



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